Los lampíridos son un suborden dentro de los coleópteros (escarabajos) especializado en dar caza a caracoles y babosas. Aunque los adultos no se alimentan, sus larvas son voraces depredadoras, con su mordisco inoculan una saliva que además de paralizar a la víctima la digiere por dentro facilitando su succión (son absolutamente inofensivas para el ser humano). Con su presencia, las luciérnagas regulan la población de estos gasterópodos, que pueden resultar plaga en bastantes cultivos.

Mientras los machos se desarrollan hasta la típica fase adulta de los coleópteros (con alas y élitros), las hembras tienen una metamorfosis incompleta: al llegar a adultas siguen teniendo aspecto de larva, sin alas y obviamente sin capacidad de vuelo.

Larva de luciérnaga atacando un caracol (Helix aspersa) mucho más grande que ella.  Las hembras adultas tienen el mismo aspecto que esta larva, pero emiten luz.

 

 Luciérnaga macho, capaz de volar en busca de hembras.
Cuando llega el calor del verano, las hembras emiten bioluminiscencias que atraen al macho (que también es capaz de emitir luz), cada especie tiene sus propios destellos y pautas. Si caminamos de noche por el campo, son fáciles de reconocer como pequeños puntitos verdes de luz, que apagarán en cuanto se sientan amenazadas para no desvelar su posición a depredadores.

 

 

Además de por los plaguicidas químicos y la destrucción de hábitat, que afectan a toda la fauna auxiliar, están amenazadas por la contaminación lumínica. Hay tanta luz por la noche (lámparas, farolas, focos en el suelo iluminando hacia el cielo, etc)  que muchos machos nunca son capaces de encontrar una hembra, es por estas cosas que no debemos dejar que un farol ilumine hacia el cielo, porque además de ser un gasto absurdo no deja de ser una forma más de alteración negativa del medio, que se podría evitar en muchos casos. Tampoco hay nada de malo en poder ver las estrellas.

 

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